Pasarón se encontraba acordonado excepto en las taquillas, totalmente llenas de gente. Esperaban el acontecimiento más importante del año, y no era futbolístico. En el campo darían un concierto Los Ramones. Dentro del estadio había colocado un gran escenario, que permitía ser visto desde todos los ángulos, y ofrecía la posibilidad de dejar el césped hecho un asco, aspecto que no le agradaba mucho al entrenador del Pontevedra, pero lo perdonaba porque le encantaban los Ramones. En esos momentos llegaba una grada supletoria, y antes de instalarla se dieron cuenta de que ya había asientos y se volvieron. Un vendedor de billetes colgó el cartel de “Entradas agotadas” y gritó: “Lo siento señores pero ya no cabe más gente por lo que les ruego…” su aviso quedó cortado por la voz de un chaval: “¡Que nos des más entradas, imbécil!”. Tuvo que cerrar la ventanilla porque le empezó a caer de todo, incluida una cartera con veinte euros que enseguida se encargó de rescatar su dueño.
Un grupo de extranjeros, concretamente de Washington, se maravillaron de ver lo que creían que seguía siendo un mini-golf, según el cartel de una pared blanca que estaba al lado del estadio. Buscaron la puerta en vano, y preguntaron a los que por allí pasaban, los cuales respondieron: “Hay gente que dice que llegó a haber realmente un mini-golf, pero muchos cuentan que el cartel lleva desde la fundación del estadio, y que nunca hubo más que una finca. Yo que ustedes no entraría, puede estar maldita, aunque la verdad no sé como iban a pasar. Ahora me voy que tengo que ir urgentemente a comer chorizo a la Pallota”. Los estadounidenses no le entendieron pero aún así sacaron fotos.
A la noche llegó la furgoneta del grupo. Todos la zarandearon pensando que así podrían saludarles. El vehículo dio marcha atrás y huyó a Vigo.
Rodrigo Cota Rey.
Fuente de la imagen: Allmusic



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