Pocas representaciones como ésta han logrado despertar en mí estados de ánimos tan contrapuestos y, lo más sorprenderte, hacerlo en cuestión de segundos. En varias ocasiones pude descubrirme con los ojos humedecidos por una risa incontenible, para de pronto tensar el rostro en una mueca de profunda tristeza.
Y es que la maestría que Tejero y Villagrán desplegaron en el escenario no tiene parangón. Con tan solo una caja de mimbre, un par de taburetes, y su derroche de talento consiguieron sacar adelante una obra de dieciséis personajes de lo más variopinto. Algunos arrancaban carcajadas con su sola aparición, otros despertaban lástima por su condición y los dos protagonistas nos invitaban a reflexionar.
Merece una mención aparte la manera tan natural en que el público se convirtió en parte de la obra. Sin que se nos diese ninguna instrucción precisa, todos entendimos que de pronto éramos unos personajes más y como tales debíamos hacer nuestro papel, haciendo crecer así las risas que caracterizaron la velada.
Pero no puedo decir que fuese una obra de humor, o al menos no sólo, porque estaría obviando una importantísima parte de ella, la reflexión acerca de la capacidad del ser humano para seguir creyendo en los sueños frustrados. ¿Debemos hacer caso a la experiencia que nos ha demostrado que hemos fracasado y renunciar? ¿O por el contrario debemos dejar de lado los hechos y seguir creyendo a ciegas? La respuesta que nos da “Piedras en los bolsillos” es que la verdad está en el medio: creer en los sueños hasta sus últimas consecuencias, porque sin ellos la vida no tendría sentido, pero hacerlo con los ojos muy abiertos, aprendiendo de los palos que nos ha dado la experiencia, sólo así podremos hacerlo mejor y convertir nuestros anhelos en una meta alcanzable.
Risas, lágrimas, emoción y reflexiones sobre la condición humana, ¿se le puede pedir más al teatro?
Lidia Mariño Ventoso



Digg
Del.icio.us
Googlize this
Facebook
















Comentarios
Suscripción de noticias RSS para comentarios de esta entrada.