Miguel, cuéntanos como era tu época como fotógrafo de paisajes.
Como ya os he comentado en la entrevista anterior, yo me inicie en la fotografía a nivel serio (porque que ya desde pequeñito era el típico niño que andaba sacando fotos a todos y en cualquier momento) (Risas) Cuando tuve en mis manos el primer CAMARÓN DIGITAL, de Canon, una EOS 300D, entonces sentí la imperiosa necesidad de recorrer el mundo, estilo los fotógrafos del National Geographic, capturando la belleza del mundo que nos rodea.
Lo que pasa es que dadas mis limitaciones físicas, estar en la silla de ruedas, mi mundo a fotografiar se restringía a un perímetro de como mucho 60 kilómetros de mi casa. Así es que algunos días, cogía mi coche y, sin rumbo fijo, salía a ver con que me sorprendía la vida, para poder capturar con mi cámara. En esa época montes, playas, ríos, casas, flores y bichos... todos eran objetivo de mis disparos.
Tienes alguna anécdota digna de mención.
Si... tengo una gran anécdota para confesarte. Cuando llegó el día en el que mis aventuras relacionadas con la fotografía paisajística, iban a tocar a su fin. Ese día fue como esas mañanas que cuando te levantas, sabes que te va a suceder algo, que va a hacer que tu vida a partir de ese instante ya no va a ser igual. Como cuando aún no sabes que te ha tocado la lotería o antes que te comuniquen una buena o una mala noticia. Esa experiencia ya la había sentido dramáticamente una vez cuando salí de casa en moto para ir a trabajar, y un rato después, tras un porrazo, el caminar y hasta el sentir pasarían a ser tan solo un recuerdo para el resto de mi vida. Pero sin llegar a ser tan drástico (o quizás si), la verdad es que mi pasión paisajística me provocaría sentir un miedo y una gran impotencia, como jamás he sentido. Además, de la manera más ridícula imaginable y, como consecuencia, ya tendría muy claro que nunca más repetiría.
Era un lunes de febrero, salí sin rumbo como tantas otras veces, algo más tarde de lo habitual, sobre las 15:30 horas. Para esas épocas de tan poca luz (ya que a las seis es de noche) y, teniendo en cuenta que lo principal de la fotografía paisajística es la luz ambiental, debería haber arrancado mucho antes. Cogí el camino hacia el Monte de la Lama y, tras más de una hora entre conducir y alguna paradita rápida para hacer una fotillo disparada desde la ventana del coche, decidí ir a un sitio muy chulo, una pradera que hay en todo lo alto de la montaña, después del pueblo de Xesta. Es un sitio muy bonito, una pradera con un río, en el que en verano hay mucha gente, pero en invierno y tras quince días de constante lluvia tenía un aspecto solitario y muy salvaje. Como digo, en invierno, un lunes y en febrero... ¡Allí no va ni dios! Total, que todo ilusionado me meto por el caminito que tienes que coger y por el que abandonas la carretera principal. Es un tramo semi asfaltado y tremendamente bacheado de unos 500 metros. Y luego llegas a la ansiada pradera, un sitio precioso, con una especie de playa fluvial y una roca en el medio del río. Que es realmente digno de fotografiar, así que me meto un poco y, nada más tocar la hierba de la pradera, que está en cuesta abajo, ya noto un ligero patinar del coche de la parte delantera, así que al ser tracción trasera acelero más para compensarlo, con lo que me voy patinando sobre la hierba totalmente enchumbada tras tantos días seguidos lloviendo, en dirección al río... Tras ese susto, logro parar el coche, apago el motor, preparo la cámara, abro la ventana y empiezo a sacar fotos... "Uff… ¡Qué chulada! Todo muy verde y todo el paisaje, solo para mí”.
Entonces decido encender el coche otra vez para cambiarlo de colocación, y hacer otras fotos... ¡ah carallo! En ese momento empezaron los problemas: al estar parado en la hierba, el coche se hundió y las ruedas quedaron medio enterradas y, al intentar arrancar lo único que hacía era patinar, sin moverme del sitio. ¡Madre mía, que lío! Nadie sabía donde estaba, así que me digo "bueno Migueliño la que te va a caer, hay que llamar a casa y pedir socorro a la caballería". Hasta ese momento, todavía tranquilo, saco uno de mis teléfonos e intento llamar a casa para que me vengan a ayudar, pero... no hay cobertura... Pero no pasa nada, tengo el otro teléfono (para eso mi madre siempre me ha estado diciendo llévate dos teléfonos por si te pasa algo). Qué meigas son nuestras madres, ¿verdad?. Enciendo el segundo teléfono (que era de otra compañía) y… no hay cobertura. ¡La que se va a montar! Tengo que pedir socorro al 112, me dice la mente, "Migueliño, de esta sales en el periódico, con el titular “Minusválido gilipollas se quedan enterrado con su vehículo en el medio de la nada y es salvado por el 112”. Yo creía que cuando estás en peligro, tengas el teléfono que tengas, si llamas al 112, siempre te van a contestar, llega el helicóptero y te salva... Os informo que esto sucede... SIEMPRE, que donde estés, ¡haya cobertura!
Aún recuerdo que se me erizaron hasta los pelos del cogote, me entró una llorera nerviosa, y solo sabía decirme “Miguel que cagada... que cagada". Es que la cosa no era para menos: nadie sabía dónde estaba, nadie me podía ver allí, no tenía comida, ni agua, nada... Tan sólo la bolsa de la puñetera cámara del paisajismo y sus objetivos. Y encima empezaba a oscurecer.
Qué manera más idiota de morir, ¡de inanición! Así que, impotente y un pelín desesperado, intente sacar el coche del agujero... pero patinaba para adelante y patinaba para atrás una y otra vez… Así que no me importa reconocer que me puse a llorar asustado e impotente ante tan chunga situación y a la vez tan estúpida.
Me anocheció, ya que en ese valle se cierra de luz enseguida. Un poco más calmado me dije “hay que salir yaaaaaaa”. Encendí el motor y le metí un acelerón a lo bruto para adelante y de golpe, le metí la marcha atrás, y otra vez para adelante y, en la segunda, el coche debió engancharse en una piedra o algo por que empezó a ir hacia atrás. Aceleré y aceleré intentando alejarme del río... y sin ver nada. (Por que en mi cerebro solo había la orden de estar en movimiento. De hecho reconozco que si llega haber un pino, ¡me lo como completo! -risas-). Cuando ya me había alejado unos 100 metros de donde estaba enterrado, nada más parar, el coche quiere volver a enterrarse, así que meto primera y acelero, pero no puedo ir hacia donde ya estaba antes y, a la desesperada me meto por una zona de arbustos bajos y, como una excavadora, los voy atravesando, patinando y golpeando arbustos, y gritando ¡VAMOS, VAMOSSSSS! Y llegué al asfalto.
El coche olía a quemado, mi corazón se me salía por la boca y los pelos del pescuezo se quedaron clavados en el cojín del reposa-cabezas del asiento… Como pude llegué otra a casa con dos cosas muy claras: que al día siguiente iba a llevar el coche al taller (menuda cantera que le hice) y que jamás volvería a ir de aventurero a hacer paisajismo. Y así ha sido hasta hoy (risas).
Un abrazo, y ¡espero no haberos aburrido con esta anécdota! Yo no la podré olvidar JAMÁS.



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Comentarios
Y lo mejor de ti es lo cabezota que eres, porque gracias a eso, ese día llegastes a casa.
un beso enorme.
Sanny
Un abrazo, fuerte y entrañable, naturalmente.
mejor no te cuento como consegui que llegara la grua hasta donde estaba y como sali del temita...
Un abrazote.
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